Tomamos como punto de encuentro y de comienzo el Cortijo del Fraile, conocido por el crimen de Níjar, acontecido en el año 1928 e inspirador de algunas obras andaluzas: “Puñal de claveles” de la menos conocida Carmen de Burgos y “Bodas de sangre” del granadino universal Federico García Lorca, además de un romance popular sobre el suceso y algunas coplillas.

¿Como llegar?

Desde la autovía A7 tomar la salida 479 dirección San José y después de 12 km seguir indicaciones Los Albaricoques. Según se llega al pueblo dejar el núcleo habitado a mano izquierda y seguir recto por la pista de tierra.
También es posible llegar desde Fernán Pérez, pasando por el Cortijo del Hornillo o desde Rodalquilar por el camino de tierra de las minas, Cerro del Cinto.

BREVE HISTORIA

Este Cortijo se asienta sobre la majada del concejil del Fraile y constituye un ejemplo de gran caserío construido al servicio de una extensa explotación agropastoril, tipología algo insólita en este valle caracterizado por el minifundio. Fue construido por los frailes dominicos de Almería en el siglo XVIII, de ahí su nombre tan común en la zona (Pozo de los Frailes, Boca de los Frailes, Cortijo del Fraile, Los Frailes – montes volcánicos más altos de la zona, casi 500 metros de altura).
En 1836, como consecuencia de las leyes de desamortización de las propiedades de las órdenes religiosas, fue confiscado por el estado y, tras subasta, pasó a manos privadas. Tuvo otro breve paréntesis de expropiación durante la época de la segunda república, y fue devuelto a los propietarios en seguida al finalizar la guerra civil. Hoy el cortijo es propiedad de una empresa que explota la finca y sus pozos para producción agrícola ecológica al aire libre.
Lleva más de 40 años en estado de abandono y en constante peligro de derrumbamiento, las autoridades y la propiedad todavía no han encontrado un acuerdo para su conservación, aunque recientemente ha sido declarado bien de interés cultural.

EL CORTIJO

La cortijada tiene una planta trapezoidal, algo diferente con respecto a las demás cortijadas de la zona, con dos plantas destinadas a vivienda y labores; un gran patio o corral en la parte trasera y algunas instalaciones complementarias alrededor del mismo: aljibe, cochineras, pozos, horno, capilla, etc.
En la fachada principal, se alinean la residencia de los propietarios y de los aparceros: personas encargadas de la explotación agrícola de la finca a cambio de un porcentaje de los beneficios para el dueño; normalmente trae anexo un derecho de habitación sobre algún inmueble sito en la finca. En esa misma fachada hay un amplio almacén dividido interiormente por arcadas y, en el extremo opuesto, una capilla que destaca sobre el conjunto de la construcción y que ofrece la imagen más característica y reconocible del Cortijo del Fraile.
La capilla para proporcionar servicios religiosos a propietarios, trabajadores y campesinos, es un elemento que se encuentra en los conjuntos arquitectónicos más elaborados y en las explotaciones donde se concentraba mucha mano de obra y abundante población rural, ofreciendo una doble función dar servicio religioso y mostrar prestigio social.
Esto nos introduce el argumento principal de las dos obras inspiradas en este lugar, la boda entre dos jóvenes, las mezquindades y conveniencias de las dos familias, las aspiraciones románticas de la novia y la libertad de decisión sobre su vida.
Hay que tener en cuenta que la vida en este tipo de entornos era intensa y algo claustrofóbica para colectivos como las mujeres. Éste es uno de los aspectos que Carmen de Burgos subraya con maestría en su obra “Puñal de Claveles”, la situación y los sentimientos de una mujer en el sudeste español a principios del siglo XX. Ella conocía de primera mano esa vida, ya que era natural de la zona.
Por su parte, “Bodas de sangre” modifica algunos puntos de la historia verdadera y enfatiza la pasión, la desesperación y el final trágico de los protagonistas. Lorca se entusiasma con la noticia leída en los periódicos y revive la temporada que pasa en Almería durante su niñez en casa de su maestro Antonio Espinosa. Las obras coinciden en un punto común, las condiciones del medio influyen en las personas, vidas y personajes, contagiadas de la aridez, dureza y soledad de estas tierras.
Desde la fachada principal del cortijo giramos la vista a mano derecha de la capilla y nos acercamos al aljibe, con un panel interpretativo. Justo detrás tenemos una construcción alargada y en forma de bóveda, con una zona exterior y otra interior para guarecerse, son las cochiqueras o cochineras del cortijo, espacio donde se criaban y guardaban los cochinos. El tamaño del cortijo y de sus dependencias sugiere que, a diferencia de los demás cortijos de la zona, este era una gran explotación para el lucro de sus propietarios que, además, no solían vivir en él sino que lo dejaban en las manos de los aparceros. Según se dice “en el Fraile se sembraba con diez pares de mulos”.
En los inviernos se hacían las matanzas de las que se sacaban carne y chacinas (embutidos) para todo el año. Las carnes se mantenían en conserva como lomo en orza, aderezadas con sal y especias como pimienta, sal, pimentón, limón o vinagre, etc. Además de este tipo de carnes conservadas en grandes tinajones y orzas en alacenas y cámaras del cortijo, se mataban durante el resto del año, para alguna celebración, otros animales comprados en los rebaños cercanos como chotos. También se hay que destacar la caza de conejos y perdices, vigente hoy día. Los demás alimentos frescos (verduras, hortalizas, pescados) se consumían llegada la época de recolección o cuando pasaba el pescadero y con el excedente se hacían conservas.
Si proseguimos hacia la parte trasera veremos la casa del pastor, justo enfrente de las cochineras, las cuadras y el patio de las mismas más adelante. Asi como el horno en la parte trasera frente a la era.

CARMEN DE BURGOS

Sus ojos, que parecen ver, no hacen más que pensar
Ramón Gómez de la Serna
Almería 1867 – Madrid 1932. Nacida en el Cortijo “La Unión” del valle de Rodalquilar. Docente, pedagoga, escritora, periodista, corresponsal de guerra, viajera, conferenciante, agitadora cultural, socialista y republicana, masona, pionera en la defensa de los derechos humanos y de la mujer.

La historia real del crimen de Níjar

Francisca Cañada Morales, conocida como Paquita la Coja, vivía en 1928 en el cortijo de El Fraile, del que su padre, Francisco Cañadas, conocido como el tío Frasco, era medianero (el encargado del cultivo de la tierra, que repartía beneficios con el propietario).
Las tierras que poseía el tío Frasco y que heredaría Paquita (por su discapacidad física y por el sentimiento de culpabilidad del padre que dicen fue el que le provocó la cojera cuando era un bebé) eran en aquella época un signo de riqueza. Aunque los hermanos de Paquita se aguantaron con que ésta fuera la heredera, una de sus hermanas, Carmen, parece que no tuvo la resignación del resto de la familia, ni su marido, Francisco Pérez Pino; con ellos vivía en el Cortijo el Jabonero, Casimiro (hermano de Francisco), un hombre al que todos describen como una gran persona, humilde y un poco inocente. Consuelo, otra hermana de Carmen y Paquita la Coja, dice que Carmen animó a su cuñado, Casimiro, para que se casara con su hermana Paquita, “que va a tener mucho dinero”. Con la mediación de Carmen, Casimiro y Paquita se hacen novios. Y Carmen empieza ya a hacer planes para trasladarse al cortijo de El Fraile, el más rico de toda la comarca y en el que se iba a instalar el nuevo matrimonio.
Todos recuerdan que Paquita nunca mostró el menor entusiasmo por su novio. Nadie le vio un detalle de afecto, al contrario, según avanzaba la fecha de la boda, se la veía cada vez más triste y nerviosa.
También una tía de la novia, hermana del padre, vivía en el Cortijo los Pipaces y pensó o apañó a escondidas con su hermano que sería una buena boda la de su hijo y primo hermano de Paquita, Francisco Montes, con su sobrina heredera para que los bienes de la familia “no se fueran ”.
Y llegó el 22 de julio de 1928, víspera de la boda. Mucha gente de los cortijos de la comarca estaba invitada y salieron camino del Fraile en mulas, al atardecer del día anterior. Comenzaron los preparativos: se mataron chotos y se hicieron buñuelos para los invitados, dulce típico de las bodas.
Carmen, su marido y sus dos hijos, uno de pecho, decidieron hacer el viaje por la noche. Y llegaron preguntando por la novia. Al cerciorarse de que no estaba, los invitados iniciaron la búsqueda en medio de la noche, y cerca del cortijo, a un kilómetro de distancia aproximadamente, encontraron a la novia. Llevaba las ropas destrozadas y el cuello ensangrentado. Entre sollozos dijo que unos enmascarados habían matado a tiros a su primo con el que había huido y que a ella habían intentado estrangularla, que se había salvado haciéndose la muerta. Al primo le encontraron muerto en la Serrata, a unos 8 kilómetros del cortijo, en dirección a Los Pipaces.
Como sospechosos de haber cometido el asesinato fueron detenidos Paquita y su padre, el tío Frasco. Los dos permanecieron presos en Níjar durante tres días, bebiendo agua como único alimento. La posibilidad de que Casimiro el novio hubiera participado estuvo siempre descartada, porque en todo momento había estado acompañado por los invitados a la frustrada boda.
Paquita no llegó a acusar a nadie durante los interrogatorios, pese a que, según se narra en los diarios de la época, sí reconoció las voces de los que a poco acaban con su vida.
Los culpables no aparecían, y padre e hija seguían presos en Níjar, hasta que Carmen y su marido, Francisco Pérez Pino, se presentaron voluntariamente y se declararon culpables, si bien declaró que “él no apretó el gatillo del arma, pero que tenía quien lo hiciera, que él no tenía revólver y que habían llevado a otro del que no podían decir el nombre, porque le matarían a él y a su familia”. Pérez Pino, al que rápidamente apodaron “el Criminal”, pasó siete años en la cárcel, de donde salió para morir poco después a consecuencia del tifus. Su mujer, Carmen, estuvo presa 15 meses.
La gente siguió hablando y cuchicheando sobre este suceso mucho tiempo más. Lo más espeluznante de la historia es que las familias han vivido marcadas por esta tragedia. Paquita se fue a vivir con una sobrina, que siempre la ha cuidado a El Hualix, a escasos metros de su hermana Carmen, que a poco de morir se arrodilló y pidió perdón. Paquita ha hecho vida silenciosa y encerrada. Su padre se fue del Fraile y se casó con una mujer de 22 años y tuvo dos hijos más. No volvió a tener trato con su anterior familia.
Casimiro rehizo su vida bastante tiempo después, se casó, tuvo hijos y no ha querido nunca hablar del suceso, le produce demasiado dolor. Ya que tras el suceso a todos se les trató como si tuvieran la peste, la ruina cayó sobre todos.
Fuente principal: EL LUTO SIGUE EN NÍJAR. Artículo del 21 julio 1985, El País, Ángeles García Dejamos el Cortijo del Fraile por el camino que encontramos en la parte de atrás después de la doble era, la primera de ellas con casi 40 metros de diámetro y la adosada algo menor. Vemos también dos pozos con un abrevadero central a 50 m a la derecha del camino. Nos dirigimos hacia los olivos centenarios, cinco olivos enormes que, según testimonios de pobladores de la zona, era donde se hacían las merendolas y las celebraciones festivas, además de servir de lugar de descanso sombreado para los trabajadores del campo. Vamos viendo por el camino los cultivos de la finca del Fraile y siguiendo el camino principal unos 3 km, con la vista de la Serrata de frente, llegamos fácilmente hasta la Cortijada del Hornillo. Creemos que ostenta el nombre tradicional del mismo valle debido a que se sitúa en uno de los lugares más brillantes, en alto y guardiana de la extensión y las lomas circundantes. Aunque hemos sabido que se le ha conocido con otros nombres, Cortijo de los Manueles, por ejemplo, o la “Cortijá” como todavía se le llama popularmente. Aparecen noticias de la existencia de este cortijo desde hace unos 150 años. En esta cortijada llegaron a vivir hasta unas 50 personas, incluyendo algunos pequeños cortijos construidos en los alrededores de la cortijada, seguramente para el cobijo de familias de aparceros. Hoy día observamos dos cortijos habitados en los extremos, uno de ellos rehabilitado y utilizado como alojamiento rural, y las ruinas de otro en la zona central. Los alrededores de la cortijada, con un aljibe de bóveda de doble puerta (algo poco usual en la zona), una tenada (recinto rectangular de piedra donde se guardaba el ganado) y varias eras, nos dan pistas sobre ese aprovechamiento agropastoril en el que destacaba el cultivo de cereal (trigo y cebada fundamentalmente); patatas, huerta de autoabastecimiento, legumbres y el aprovechamiento de los recursos vegetales de la zona, el esparto, higos chumbos, aceituna, etc. También disponían de rebaños de cabras y ovejas, cochinos, pollos, pavos, los mulos, para el sustento de la carga del trabajo diario, y la caza. Como nos han relatado antiguos pobladores, en los cortijos “se vivía bien, no se pasaba hambre porque siempre había algo de lo que tirar, aunque sí algunas necesidades en momentos determinados”. Se conservaban los alimentos y llegaban vendedores ambulantes con los que se hacía trueque de productos: recoveras (mujeres que compraban huevos y gallinas para su posterior reventa ambulante) como la Tía Angelica y vendedores de pescado desde Las Negras. ESPARTO Gran parte del territorio del Parque Natural está recubierto de esparto, planta que ha sido uno de los recursos naturales más importantes de esta zona. Con la fibra de esparto se elaboraban sogas, alpargatas, cestos, estropajos y tenía diferentes uso en la construcción y la agricultura. El esparto ha sido parte importante de la economía de muchos pueblos de España según cuentan antiguos habitantes del valle, se pagaba muy bien, se trataba de una de las pocas actividade que generaba beneficios y empleaba un gran numero de trabajadores durante las campañas de recolección que se llevaban a cabo dos veces al año. El esparto fue sustituido por el plástico y las fibras sintéticas; su mercado desapareció. El sistema de los cortijos Los cortijos explotaban los recursos naturales de una superficie determinada de tierra, adecuada para la susistencia de sus habitantes. Había una distancia media de 2-3 km entre uno y otro. LA ERA La era es una superficie circular empedrada, expuesta a los vientos, con un diámetro medio de entre 15 y 20 metros; la encontramos en la parte baja de la cortijada y cercana a las plantaciones de cereal, está interpretada por un panel en el que se nos muestra los trabajos de siega y acopio de la cosecha, las faenas de gavillar (juntar en haces), transportar con mulos o carros, trillar con bueyes, aventar para separar el grano de la paja y almacenar en parvas. Y posteriormente llevar ese grano a moler a los múltiples molinos de viento de la zona. Los más cercanos, en este caso, cerca del pueblo de Fernán Pérez, a pocos kilómetros de donde nos encontramos. No obstante, al visitar la zona, veremos molinos de viento rehabilitados o en ruina por todo el paisaje. Destacamos la función social de las eras en las cortijadas, ya que eran lugar de reunión y relación familiar, social y sentimental para los no pocos pobladores que llegó a tener esta y otras cortijadas de la zona. EL ABANDONO DE LOS CORTIJOS Después de casi 200 años de ocupación continuada de esta zona, de forma casi repentina, los habitantes del valle abandonaron los cortijos entre 1955-1970, mudando prácticamente todas las familias, bien hacia los pueblos de colonización en el “campo de acá”: San Isidro, Campohermoso, Atochares, Pueblo blanco, fundados entre 1949-1959; o bien emigraron a tierras más lejanas, Cataluña y Alemania fundamentalmente. Posiblemente hubo un conjunto de causas. Algunos de los elementos determinantes del abandono de estas tierras fueron la escasez de agua (en muchos casos, pozos y norias tradicionales se quedaron secas porque la capa freática empezó a bajar a causa de la explotación de los pozos con bombas a motor mucho más profundos) y el progresivo cierre de las minas. Pero también fue un factor determinante la ilusión de poder encontrar condiciones de vida mejores, una manera de vivir más cómoda, más moderna, y acceder a “nuevos lujos” como tener en casa agua corriente, nevera, lavadora, luz y corriente eléctrica, y hasta televisión. Además el mercado del esparto desapareció y, sugún los criterios de la economía moderna, la agricultura de la zona ya no se podía considerar una actividad rentable. En Campohermoso y demás poblados de nueva colonización se construyeron viviendas y se volvió al complejo agropastoril de cultivo mixto (regadio-secano) con parrales, recolección de almendra, aceituna, higos, miel. El cultivo de frutales sobre todo el naranjo y principalmente maíz, cebada, alfalfa, ajos, patata, habas, tomate, y pimiento. Además de la agricultura intensiva bajo plástico, que es la actividad fundamental de la zona desde las décadas 70 y 80 del siglo XX. En muchos casos, las familias de los cortijos se trasladaron en bloque a determinadas zonas de los pueblos de colonización, donde construyeron sus nuevas viviendas y nombraron las calles con los nombres de los cortijos de origen. También fue algo normal acoplar a las nuevas viviendas urbanas pequeñas cuadras y gallineros para guardar animales, y traer todos los aperos de labranza y demás utensilios de los cortijos. Estas familias mudadas a los pueblos de colonización muy cercanos siguieron viniendo a los cortijos a pasar los días festivos o a encuentros familiares y celebraciones; también los arrendaban a pastores y esto ha hecho que algunos de ellos no quedaran en la ruina o sucumbieran al abandono. Las nuevas generaciones no tienen casi memoria de los orígenes cortijeros de sus padres y abuelos, en muchos casos tampoco conocen los valles donde sus antepasados han desarrollado sus vidas.
Seguimos por el camino principal y dejamos el Cortijo del Hornillo a mano izquierda. Recorremos fincas repletas de cereal silvestre y de olivos cultivados donde destaca la flora autóctona: matagallo, palmito, bojalaga o pruebayernos, alibustres, retama, esparto y albardin, rascamoños y tomillos.
El secano supone en Níjar el 98,33 de la superficie cultivada; es un tipo de agricultura de barbecho largo variable. Se generaliza en sistemas de cultivo trienal o “de tres hojas”, en los que una parte está sembrada, la otra en barbecho y la tercera en erial o manchón, sin labrar sirviendo de pasto al ganado.
En una media hora de camino, comenzamos a ver pequeñas higueras, muchas de ellas cultivadas por los pastores para proveerse de sombra, de fruta y de lugar de descanso. Muros de piedra, los balates, forman terrazas en la ladera de la montaña y en el fondo de la rambla.
Llegamos al Cortijo Montano. Hubo relaciones familiares entre estas dos cortijadas grandes e importantes, Hornillo y Montano.Esta cortijada ha quedado prácticamente en ruina ya que hoy solamente tiene una función ganadera, de corral de rebaños y descansadero de cazadores.
Las ruinas del Montano nos sirven para ver los materiales y las formas de construcción, ya que hay techos ajados y paredes caídas, incluso mobiliario (arcón, estanterías, sillas de anea). Vemos cómo se utilizan afloramientos rocosos naturales para dar base a la construcción.
En la parte posterior del cortijo hay dos aljibes cisterna que están juntos y conectados, comparten captación y balsa de decantación. No es algo usual. En la parte anterior del camino, vemos un aljibe tanque para el suministro de agua a las familias que la habitaban.

Balates

Son muros de mampostería de piedra seca y su utilización ha sido fundamental para el desarrollo y supervivencia agrícola en tierras áridas, pedregosas y con pendientes; de clima seco y precipitaciones irregulares y torrenciales. Almeria exhibe en sus campos estos muros -los balates- que descansan en sus distintos niveles sobre las laderas y las peinan, como las olas al mar.
Se recogen las piedras del terreno y con ellas se construyen muros de “piedra seca”, que soportan paquetes de tierra con los que se nivela el terreno y se garantiza que la lluvia fertilice el terruño, en vez de erosionarlo. Se suelen cultivar frutales cercanos, así se les garantiza algo de agua de la que nutrirse y ayudan a fijar la tierra.
Se calcula que, desplegados en hilera, tan solo los balates de Níjar formarían una muralla que llegaría hasta Girona (900 kilómetros). En total, existen unos 4.000 kilómetros de este tipo de construcciones rurales, que han sido utilizadas desde el Neolítico por todas las civilizaciones y que en Almería se resisten a desaparecer, por varios motivos, el más acuciante, hacen de freno a la dinámica erosiva del terreno.

Quintas, alquerías y cortijos

La vivienda tradicional de los campos de Níjar presenta gran parecido con la tipología popular de otras épocas y lugares de la cultura mediterránea. Recordamos las Quintas romanas, fincas rurales sobre las que los arrendatarios pagaban un canon de una quinta parte de la cosecha. Y las Alquerías musulmanas, casa de labranza o granja alejada de poblados; también se define con este nombre a un conjunto de casas de campo. Este tipo de arquitectura, adaptada a las características climatológicas de la zona, representa un ejemplo de sabia simbiosis con el entorno.
Los cortijos en Almería están elaborados con materiales de construcción humildes, aprovechando lo que el medio ofrecía. Materiales inorgánicos como arenas, arcillas, launas o tierras royas, sal, yeso, cal y pizarras. Materiales orgánicos como los vegetales, maderas, hierbas y arbustos. Y los materiales manufacturados, en algunos casos, como cerámica, vidrio y metales. En este valle los materiales utilizados son tierra roya, piedra, pita, palmito, adobe; son de planta rectangular y bajo alzado. Los muros son muy gruesos, a veces reforzados con contrafuertes. Las ventanas son vanos, pequeños agujeros que quedan en la parte alta del muro, para reducir la entrada del calor en verano y del frío en invierno.
Los muros están construidos con piedras de la zona y argamasa de cal y arena. Las cubiertas son planas con una ligera inclinación para facilitar el desagüe rápido, debido a las lluvias torrenciales. Para construir las cubiertas se utilizan vigas de madera de pitaco (tallo florescente de la pita) y se extiende un cañizo forrado de broza vegetal autóctona (palmito). Todo se recubre con una capa de yeso y otra impermeabilizante de tierra roya. Cada año se hacía una labor de mantenimiento, reparación y encalado de los cortijos.
La arquitectura sin arquitectos se la ha llamado, ya que los profesionales eran inexistentes en medios rurales hasta bien entrado el siglo XX. En esta arquitectura popular colaboran varias generaciones que aportan sus conocimientos y experiencias a las necesidades que la construcción plantea y reciben su conocimiento a través de la experimentación participativa y la comunicación oral, sin excluir el aprendizaje autodidacta o reproducción de patrones constructivos observados y no transmitidos.
La cocina es la estancia mayor de la parte habitable en dos o más naves, divididas por arcos diafragma. El hogar se suele hacer rehundido en la pared. Otro complemento frecuente es la boca del horno con cúpula en el exterior.
Las estancias de reposo o dormitorios tienen una función principal y única que aparece en su nombre: el reposo. Suelen aparecer dos o tres dormitorios, uno para los padres, otro para las niñas y otro para los niños. Cuando no es posible, los hijos solían dormir en el cuarto de los padres.
Las estancias económicas, granero, pajar, cuadra para los animales de trabajo y corral para los animales de consumo. Además las cochineras o zahúrdas que en esta zona de Levante suelen aparecer abovedadas, como en el Cortijo del Fraile.
Desde el Cortijo Montano seguimos por la pista principal y a unos 50m giramos a la derecha, bordeamos el campo de olivos y subimos hasta el final de la cuesta. Encontramos un camino que sale a mano izquierda, abandonamos el sendero principal que empieza a bajar (si seguimos regresaremos directamente al Cortijo del Fraile) y giramos a la izquierda. Seguimos hasta empalmar con un sendero señalizado por una pequeña flecha que nos indica subir por una cuesta empinada hasta la pista que bordea el Cerro del Cinto (391m de altitud) y nos ofrece una vista amplia y completa de todo el valle.
Por el camino tenemos varios paneles interpretativos del Parque Natural que nos ayudarán a localizar las demás sierras y localidades que vemos al fondo.
Llegamos al punto desde el que observamos la Cortijada del Fraile desde más cerca y vemos el sendero que baja hacia el camino de las minas. Una vez bajado el Cerro del Cinto giramos a la izquierda y atravesamos las instalaciones abandonadas de las Minas (si giramos a la derecha y seguimos los caminos que cruzan los campos cultivados regresaremos al Cortijo del Fraile).

LA MINERÍA

En 1915 se descubre oro en el sector de Rodalquilar, en la mina “María Josefa”, por la que vamos a pasar en el siguiente tramo del itinerario.
La importancia de este descubrimiento radica en que ahora el oro, además de presentarse diseminado en el cuarzo de los filones, también aparece en estado libre, posibilitando su extracción a pie de mina mediante amalgamación (extracción de los metales preciosos de los minerales que los contienen mediante la utilización del mercurio).
Este será el inicio de una carrera en busca del beneficio del oro de Rodalquilar por parte de mineros locales, nacionales, europeos e incluso por parte del gobierno de España.
Dos compañías privadas locales intentaron el beneficio del oro mediante amalgamación: en 1925 “Minas Auríferas de Rodalquilar S.A.” y entre 1929-1930 “Explotaciones y Minas Auríferas de Rodalquilar S.A.”, también conocidas como “Minas de Abellán” por venir de manos del almeriense D. Antonio Abellán. Las dos fracasaron.
En 1928 se crea en Madrid la compañía “Minas de Rodalquilar S.A.”, presidida por el Marqués de Arriluce, aunque la empresa estaba controlada por capital británico. En 1931 logra la obtención a pie de mina del oro de Rodalquilar mediante cianuración. Para ello construyeron el complejo conocido como Planta Dorr (queda por encima de las oficinas del Parque Natural y del Jardín Botánico), mantuvo la explotación con éxito hasta que en 1936 las minas son incautadas por sindicalistas que intentarán su explotación durante la Guerra Civil.
Al finalizar la guerra, en 1939, las minas están paralizadas y en mal estado. El Gobierno se incauta de ellas en 1940 y, mediante el Instituto Nacional de Industria (I.N.I) retoma su explotación y la Empresa Nacional Adaro, sustituye al Instituto Geológico Minero que venía desempeñando esta labor desde que el gobierno decretó la incautación de las minas.
En la década de los cuarenta Adaro explotará fundamentalmente las minas situadas alrededor del pueblo de Rodalquilar (“Las Niñas”, “Ronda y el Resto” y “Consulta”).
En los años 50-60 Adaro centró su explotación en las minas situadas en el cerro del Cinto, mediante canteras a cielo abierto; además de la necesidad de instalar una nueva planta de beneficio del oro con mayor capacidad que la Planta Dorr, para procesar la ingente cantidad de mineral descubierto.
En septiembre de 1966 se cierran las minas por fatiga de los yacimientos. Desde este año hasta nuestros días la actividad minera en la zona ha sido poco significativa, a excepción de un corto período, 1989-90, en el que la empresa norteamericana St. Joe Transacción Inc. y Cía S.R.C. reanudó la explotación. Para el tratamiento del mineral se construyó en un paraje cercano al Cortijo del Fraile, una nueva planta de tratamiento por el método de lixiviación en pilas, diseñada y construida por la empresa holandesa CYEME, que son las instalaciones que vemos en este tramo del itinerario.
Esta actividad económica de siglo y medio de la minería ha dado trabajo y ocupación a muchos habitantes de los pueblos circundantes, siendo el cierre principal en los años 60 la causa de la emigración de gran cantidad de la población local.
Pasadas las instalaciones mineras bajamos por el sendero hasta empalmar con el camino principal de las minas que va desde Rodalquilar a los Albaricoques, proseguimos hacia nuestra derecha y, al final de la subida, la vista se abre de nuevo hacía el valle y volvemos a ver el Cortijo del Fraile. Lo dejamos a la derecha en la intersección de Cortijo Requena (aquí también es posible regresar directamente al Cortijo del Fraile). Seguimos el camino hasta  un gran aljibe de bóveda, el Aljibe de Coyatos.
Seguimos por el camino principal hasta la Cortijada del Madroñal, abandonada y en ruina; fue base de operaciones de la Mina de María Josefa, que vemos alzando la vista hacia el cerro.
Al otro lado del sendero vemos una rambla, lecho natural de las aguas pluviales cuando caen copiosamente. En el fondo de las ramblas es donde vemos la mayoría de las especies vegetales de la zona y las más nutridas: palmitos, abulagas, higueras, siempreviva, alibustre, rascamoños, etc.
En los márgenes de las ramblas también se colocan la mayoría de los aljibes para la captación de aguas, por ello en este camino, además del primero (Coyatos), vamos a ver un aljibe de cisterna sin blanquear, otro aljibe de cúpula más adelante y otro más que surtía a Las Martinas y Cortijo Tía Pepa (antiguo Cortijo Azul).
Este último aljibe tanque se conserva bien y podemos acercarnos a él para entender cómo funcionaba el mecanismo de la polea que usaban para subir los cubos de agua. En Níjar existe todavía una gran tradición alfarera que aprovisionaría de cántaros, lebrillos, aceiteras, etc., para éstas y otras tareas cotodianas.

Aljibe de Coyatos

Los aljibes son construcciones para la captación, almacenamiento y distribución de aguas de escorrentía (torrentes superficiales que se forman durante las lluvias torrenciales típicas en la zona). Proviene del término al-yubb, depósito de agua y se extienden por toda Andalucia, aunque son más numerosos en zonas áridas.
Hay dos tipologías de aljibes en los campos de Níjar: los tanques de cúpula, más pequeños y para el consumo humano, y las cisternas de bóveda, como el aljibe de Coyatos, más grandes y rectangulares, destinados a ganado y con abrevaderos anexos al lateral. El agua de lluvia es conducida a través de unos regueros hasta la balsa de decantación para eliminar el exceso de sedimentos, desde ahí entra y se almacena en el vaso principal, excavado bajo tierra a unos 5 metros y una longitud que puede superar la decena.
Los aljibes simbolizan la Almería árida y tradicional. Expresan la forma de adaptarse al medio para sobrevivir a través de un sistema de almacenamiento de agua que permite disponer de ella durante todo el año.
El aljibe era también un centro de relación social. En los que tenían lavadero (observamos un ejemplo en el pueblo de Fernán Pérez), las mujeres se reunían a lavar la ropa y a charlar. En el abrevadero, se reunían los pastores a dar de beber a su ganado. En el aguadero, iban las muchachas a llenar los cántaros. Eran zona de juegos de los niños y el lugar donde se reunían los abuelos a hacer esparto.

La Ganadería

Una vivienda tradicional va ligada a un corral de la misma manera que una vivienda actual a un garaje
Anónimo
Ganado de labor y carga, su explotación estaba unido a la agricultura que se basaba esencialmente en el trabajo animal y humano. Al regresar al cortijo el labrador desuncia a las bestias, les quitaba los aparejos; les daba de beber agua y al oscurecer, de comer. A esta labor se le llamaba “pensar las bestias” (darles pienso, paja y un cuartillo de cebada). Hacia media noche se volvía a repetirle el pienso e igualmente a las 2 y las 4 de la madrugada. Antes de despuntar el día, se les echaba el último pienso para que fueran buenas en el trabajo. Todo esto lo hacia el cortijero, a no ser que tuviera mozos o algún hijo ayudante.
La mayoría de las veces cuando aún no había despuntado el día, el labrador estaba ya en la besana. Previamente había preparado a los animales y llevaba la merienda de las bestias y la suya propia que solía consistir en un trozo de pan, algunos higos secos, unas pocas aceitunas y un pedazo de tocino. Al lomo de la bestia llevaba la simiente que iba a sembrar ese día, media fanega aproximadamente.
El ganado asnal sin embargo aumentó en 1962 con respecto a años anteriores, debido al aumento del precio del esparto en el mercado internacional y a la necesidad del espartero de tener un burro para transportarlo.
Ganado lanar y cabrio. Los hábitos alimenticios de ovejas y cabras son complementarios. En estos pastos mediterráneos muy próximos a los límites de la aridez es el ganado que mejor aprovecha la oferta del monte. El pastoreo se fue concentrando en los barbechos y rastrojeras, las zonas de monte fueron perdiendo importancia como recurso y aumentó la cabaña de ovino que se concentra en tierras bajas de fácil acceso.
El verano marcaba el cambio de pastos a lugares más altos, principalmente Sierra Nevada, Gádor y en algunos casos a Baza, Castril y Cazorla. Recíprocamente, los primeros pastos en Cabo de Gata, tras un breve invierno, siempre atrajeron a otros ganados foráneos de Jaén, Granada y Murcia.
Ganado de cerda y corral. Cerdos, gallinas y conejos se dedicaban al consumo y alimentación familiar, siendo indispensables para la subsistencia en el ámbito rural. De la matanza del cerdo se obtienen derivados cárnicos básicos para todo el año.
La economía familiar y la subsistencia agropastoril están basadas tanto en los frutos de la tierra como en los productos obtenidos del corral (carne, leche, queso y huevos), y además, la venta de animales y sus productos contribuyen a la economía familiar.
Seguimos el camino principal hasta el Cortijo Las Martinas y Tía Pepa, que pertenece a lo que denominamos el Campillo de Doña Francisca. Siguiendo el camino llegamos al cruce con el camino Albaricoques-Cortijo del Fraile, seguimos hacia la derecha, por el camino que nos lleva de nuevo hacia nuestro punto de salida, el Cortijo del Fraile.
A pocos pasos, visualizamos desde otro punto de vista el Campillo de Doña Francisca: a nuestra izquierda, Cortijo las Canicas, en ruina, y otros tantos edificios más de cortijos que no mantienen la estructura original: Los Góngora y Cortijo de Manuel Gónzalez. Y a nuestra derecha, El Campillo, rehabilitado y utilizado como alojamiento rural.
Aquí encontramos la mayor concentración de la zona de aljibes de las dos tipologías, cisternas (rectangulares y de bóveda, para consumo del ganado) y tanques (circulares de cúpula, para consumo humano). Además de una noria (de la que poco se conserva y apareció en la película “El bueno, el feo y el malo”) que queda tras el Cortijo de Los Góngora.
Además encontramos otros elementos ya reconocibles como eras, hornos y adivinamos la estructura de la cocina, como el espacio multifuncional y más grande de cada cortijo. Alrededor de él, otras dependencias para almacén, corrales y habitaciones de la casa.

PUÑAL DE CLAVELES de Carmen de Burgos “Colombine” (Fragmento)

(…)  La comida fue alegre. Se puso una mesa pequeña y baja en medio de la  cocina,  de  dos  naves,  partidas  por  un  arco,  en  cuyo  centro  había  una argolla  de  hierro.  Era  la  cocina  donde  en  las  noches  de  baile  cabían doscientas  personas  y  que  servía  de  comedor,  de  recibimiento,  de dormitorio  a  los  muleros,  cuando  se  quedaban  en  casa,  y  hasta  de almacén,  porque en torno de la nave primera se amontonaban los objetos, y  detrás  del  gran  portón  claveteado,  que  se  atrancaba  con  mozo  y cerrojos,  se  ocultaban  durante el día las labores de esparto y los aparejos de las bestias.
Se  cubrió  la  mesa  con  un  blanco  mantel,  se  colocó  encima  la  enorme fuente  vidriada  con  honores  de  lebrillo,  y  las dos  muchachas volcaron  en ella,  no  sin  trabajo, la olla, que esparció con su vapor el perfume apetitoso del  tocino  y  los  garbanzos  cocidos  con  la  berza  y  las  patatas,  capaz  de tonificar la desgana más pronunciada.
No  se  ponían  platos  ni  vasos.  Los que  tenían  sed se levantaban a  beber en  las  rezumantes  jarras  de  barro,  que  ofrecían  su  frescura  sobre  la cantarera,  a  cuyos  lados  colgaban  las  coquetas  toallas  blancas,  con encaje de crochet, que no se usaban nunca.
El  vasar, de arco,  empotrado en  la pared, estaba atestado de platos  y  de vasos;  en  torno  a  él  colgaban  de  las  asas,  o  sujetas  por  lazos,  tazas  y jícaras;  las  paredes  estaban  cubiertas  de  grupos  de  botellas  formando piñas;  entre  ellas  se  veían cromos  y  estampas de  santos  mezcladas con panochas,  pimientos  secos  o  calabazas  de  cuello  que  llamaban  la atención  por  la  forma  o  el  tamaño,  mereciendo  por  eso  el  honor  de conservarlas como rareza.
Pero  nada  de esa  loza  se  usaba;  ni  los  cobres  y las ollas colocadas en el alero  de  la  leja,  sobre  el  extremo  donde  estaba  el  hogar,  servían nunca. Solo  una cuchara  para  cada uno  y una  faca  para  partir el pan de todos les bastaba.  El  vino,  las  raras  veces  que,  como  aquella  noche  de  gala,  se bebía, daba la vuelta al corro en el mismo jarro.
Comían todos de la misma fuente. La madre ponía en el lado de cada uno el  pedazo  de  tocino  que  le  correspondía.  Sólo  se  había  sacado  en tazones la  comida de los  zagales  que,  por  su  corta  edad, no se sentaban aún  a  la  mesa  de  los  mayores,  y  que  habían  ido  a  comerse  su  ración sobre  el  tramo  de  la  puerta,  cerca  de  los  perros,  que  los  miraban ansiosos esperando a su vez.
Estaban  alrededor  de  la  mesilla  todos,  amos,  amigas,  huéspedes  y criados.  Si  había  mucha  gente  todo  se  reducía  a  que  el  corro  fuese mayor. Se  hablaba,  se  reía,  se  bebía  en  abundancia.  La  olla  resultaba  tan cargada de tocino que, al decir de Santiaguillo, era capaz de resucitar a un muerto.  El  pan  era  de  trigo,  sin  mezcla  de  cebada  ni  de  maíz,  pan  de ricos, que atestiguaba felicidad y bienestar. (…)

LAS RELACIONES SOCIALES, FAMILIARES Y COMUNITARIAS EN LAS CORTIJADAS

Las relaciones humanas de los pobladores del Valle venían marcadas por las diferencias sociales entre las familias propietarias de las tierras y los que trabajaban en ellas. La familia extensa era la forma predominante de organización social en los cortijos y sobre la que se sustentaba el trabajo diario. Este tipo de estructura parental incluye a los padres con sus hijos/as, los hermanos/as de los padres con sus hijos/as, los miembros de las generaciones ascendentes – abuelos/as, tíos abuelos/as (en toda Almería y otros lugares de Andalucía oriental se les llama “chachas” a las tías abuelas, signo de confianza y convivencia con los mayores de la familia), bisabuelos/as – o de la misma generación que además puede abarcar parientes no consanguíneos, como medios hermanos, hijos adoptivos o putativos.
En las familias extensas, la red de afines actúa como una comunidad cerrada. Y aunque con aspectos negativos, también posibilita que se puedan desarrollar oficios tradicionales (pesca, alfarería, telares, etc.) que conllevan mucho tiempo y esfuerzo, mientras hijos y demás parientes a cargo, están atendidos por los mayores de la familia, normalmente las mujeres.
En las culturas donde la familia extensa es la forma básica de la unidad familiar, la transición de un individuo hacia la adultez no necesariamente implica la separación de sus parientes o de sus padres, sino más bien la adopción de un papel más predominante y en el caso de los varones, más poderoso. Las mujeres no salían ni disfrutaban de ningún descanso a las obligaciones establecidas por el matrimonio, la familia y la sociedad en su conjunto: obedecer a sus mayores, hermanos y maridos, procrear hijos sin descanso y cuidar de todos, de la estabilidad y la honra de la familia. Además de atender su casa y el sustento de la misma, con todo lo que conllevaba de trabajo en aquellos entonces: animales, limpieza, familiares e hijos, conservación de alimentos, gestión y mantenimiento de todos los espacios y personas. Guiadas por una sabiduría ancestral y una dedicación completa a sus labores.
En el caso de las mujeres, el casamiento suponía un cambio de vida total, en el que normalmente se mudaban a casa de su familia política para pertenecer a la familia de su marido por el resto de sus días.
De esta manera, la ayuda entre familiares, amigos o vecinos permitía redistribuir dentro de la solidaridad colectiva y del mismo estrato social, la energía disponible para el trabajo y el sustento de la comunidad. Es obvio que quedan apartados según qué conceptos actuales de intimidad personal, individualidad. Y entran en escena otros, como la convicción en el grupo y entre sus integrantes, el honor de la propia familia (que dependía en gran parte de las mujeres) y el apoyo mutuo.
Solía haber grietas o separaciones en las familias a causa de conflictos por propiedades, herencias o dinero a repartir. Las demás dificultades, se iban salvando o solapando con la propia fuerza centrípeta del clan.
En cuanto a la tierra, el tiempo de trabajo necesario para realizar las labores requeridas por cada cultivo en su momento adecuado, es la “usanza”, la expresión de una práctica acumulada a través de la experiencia durante muchos años. De ahí nuestro refrán “a la vieja usanza”.
La labranza y las tareas relacionadas con la preparación del terreno y con la siembra, son tareas reservadas exclusivamente a los hombres, igual que ocurre con el regadío. Excepcionalmente alguna mujer puede labrar en la época de sementera, si no se dispone de mozo en ese momento. Este carácter transitorio y extraordinario es justificable porque aún no se considera mujer, es mocica (no casada ni prometida).
Estas prohibiciones relacionadas con el trabajo agrícola guardan cierta relación con la creencia en la tierra-madre y, sobre todo, por considerar el trabajo agrícola como un acto generador, asimilando a la mujer con el surco y al hombre con azada o labranza. Varios autores han señalado este aspecto en otras sociedades mediterráneas campesinas y la insertan en una concepción del honor exclusivamente varonil. El honor del jefe de la familia dependerá de su capacidad de asegurar mínimamente la vida material de su familia y se formula en términos de poder y valor individual.
Recogemos otras costumbres en las obras de Carmen de Burgos: el ritual en los bailes; el no desvestirse apenas los hombres para dormir; los atavíos femeninos entre los que destaca el pañuelo color aceite, o garbanzo, o color tórtola; la necesidad de velar la noria para que la mula no cese de girar; el ritual de la pesca o la caza de perdiz con reclamo; los conjuros contra el mal; las huidas de los novios previas a la boda; la gran cocina en que se reúnen todos alrededor del fuego, mientras las mujeres hilan y los hombres trenzan cuerdas y maromas, los mayores cuentan cuentos; supersticiones y consejos de salud provenientes de curanderos y sanadores; rituales festivos, etc.