Cabecera 3 Cortijo Montano

3 Cortijo Montano

Seguimos por el camino principal y dejamos el Cortijo del Hornillo a mano izquierda. Recorremos fincas repletas de cereal silvestre y de olivos cultivados donde destaca la flora autóctona: matagallo, palmito, bojalaga o pruebayernos, alibustres, retama, esparto y albardin, rascamoños y tomillos.
El secano supone en Níjar el 98,33 de la superficie cultivada; es un tipo de agricultura de barbecho largo variable. Se generaliza en sistemas de cultivo trienal o “de tres hojas”, en los que una parte está sembrada, la otra en barbecho y la tercera en erial o manchón, sin labrar sirviendo de pasto al ganado.
En una media hora de camino, comenzamos a ver pequeñas higueras, muchas de ellas cultivadas por los pastores para proveerse de sombra, de fruta y de lugar de descanso. Muros de piedra, los balates, forman terrazas en la ladera de la montaña y en el fondo de la rambla.
Llegamos al Cortijo Montano. Hubo relaciones familiares entre estas dos cortijadas grandes e importantes, Hornillo y Montano.Esta cortijada ha quedado prácticamente en ruina ya que hoy solamente tiene una función ganadera, de corral de rebaños y descansadero de cazadores.
Las ruinas del Montano nos sirven para ver los materiales y las formas de construcción, ya que hay techos ajados y paredes caídas, incluso mobiliario (arcón, estanterías, sillas de anea). Vemos cómo se utilizan afloramientos rocosos naturales para dar base a la construcción.
En la parte posterior del cortijo hay dos aljibes cisterna que están juntos y conectados, comparten captación y balsa de decantación. No es algo usual. En la parte anterior del camino, vemos un aljibe tanque para el suministro de agua a las familias que la habitaban.

Balates

Son muros de mampostería de piedra seca y su utilización ha sido fundamental para el desarrollo y supervivencia agrícola en tierras áridas, pedregosas y con pendientes; de clima seco y precipitaciones irregulares y torrenciales. Almeria exhibe en sus campos estos muros -los balates- que descansan en sus distintos niveles sobre las laderas y las peinan, como las olas al mar.
Se recogen las piedras del terreno y con ellas se construyen muros de “piedra seca”, que soportan paquetes de tierra con los que se nivela el terreno y se garantiza que la lluvia fertilice el terruño, en vez de erosionarlo. Se suelen cultivar frutales cercanos, así se les garantiza algo de agua de la que nutrirse y ayudan a fijar la tierra.

Se calcula que, desplegados en hilera, tan solo los balates de Níjar formarían una muralla que llegaría hasta Girona (900 kilómetros). En total, existen unos 4.000 kilómetros de este tipo de construcciones rurales, que han sido utilizadas desde el Neolítico por todas las civilizaciones y que en Almería se resisten a desaparecer, por varios motivos, el más acuciante, hacen de freno a la dinámica erosiva del terreno.

Quintas, alquerías y cortijos

La vivienda tradicional de los campos de Níjar presenta gran parecido con la tipología popular de otras épocas y lugares de la cultura mediterránea. Recordamos las Quintas romanas, fincas rurales sobre las que los arrendatarios pagaban un canon de una quinta parte de la cosecha. Y las Alquerías musulmanas, casa de labranza o granja alejada de poblados; también se define con este nombre a un conjunto de casas de campo. Este tipo de arquitectura, adaptada a las características climatológicas de la zona, representa un ejemplo de sabia simbiosis con el entorno.
Los cortijos en Almería están elaborados con materiales de construcción humildes, aprovechando lo que el medio ofrecía. Materiales inorgánicos como arenas, arcillas, launas o tierras royas, sal, yeso, cal y pizarras. Materiales orgánicos como los vegetales, maderas, hierbas y arbustos. Y los materiales manufacturados, en algunos casos, como cerámica, vidrio y metales. En este valle los materiales utilizados son tierra roya, piedra, pita, palmito, adobe; son de planta rectangular y bajo alzado. Los muros son muy gruesos, a veces reforzados con contrafuertes. Las ventanas son vanos, pequeños agujeros que quedan en la parte alta del muro, para reducir la entrada del calor en verano y del frío en invierno.
Los muros están construidos con piedras de la zona y argamasa de cal y arena. Las cubiertas son planas con una ligera inclinación para facilitar el desagüe rápido, debido a las lluvias torrenciales. Para construir las cubiertas se utilizan vigas de madera de pitaco (tallo florescente de la pita) y se extiende un cañizo forrado de broza vegetal autóctona (palmito). Todo se recubre con una capa de yeso y otra impermeabilizante de tierra roya. Cada año se hacía una labor de mantenimiento, reparación y encalado de los cortijos.
La arquitectura sin arquitectos se la ha llamado, ya que los profesionales eran inexistentes en medios rurales hasta bien entrado el siglo XX. En esta arquitectura popular colaboran varias generaciones que aportan sus conocimientos y experiencias a las necesidades que la construcción plantea y reciben su conocimiento a través de la experimentación participativa y la comunicación oral, sin excluir el aprendizaje autodidacta o reproducción de patrones constructivos observados y no transmitidos.
La cocina es la estancia mayor de la parte habitable en dos o más naves, divididas por arcos diafragma. El hogar se suele hacer rehundido en la pared. Otro complemento frecuente es la boca del horno con cúpula en el exterior.
Las estancias de reposo o dormitorios tienen una función principal y única que aparece en su nombre: el reposo. Suelen aparecer dos o tres dormitorios, uno para los padres, otro para las niñas y otro para los niños. Cuando no es posible, los hijos solían dormir en el cuarto de los padres.
Las estancias económicas, granero, pajar, cuadra para los animales de trabajo y corral para los animales de consumo. Además las cochineras o zahúrdas que en esta zona de Levante suelen aparecer abovedadas, como en el Cortijo del Fraile.