Cabecera 2 Cortijo del Hornillo

2 Cortijo del Hornillo

Dejamos el Cortijo del Fraile por el camino que encontramos en la parte de atrás después de la doble era, la primera de ellas con casi 40 metros de diámetro y la adosada algo menor. Vemos también dos pozos con un abrevadero central a 50 m a la derecha del camino. Nos dirigimos hacia los olivos centenarios, cinco olivos enormes que, según testimonios de pobladores de la zona, era donde se hacían las merendolas y las celebraciones festivas, además de servir de lugar de descanso sombreado para los trabajadores del campo.
Vamos viendo por el camino los cultivos de la finca del Fraile y siguiendo el camino principal unos 3 km, con la vista de la Serrata de frente, llegamos fácilmente hasta la Cortijada del Hornillo. Creemos que ostenta el nombre tradicional del mismo valle debido a que se sitúa en uno de los lugares más brillantes, en alto y guardiana de la extensión y las lomas circundantes. Aunque hemos sabido que se le ha conocido con otros nombres, Cortijo de los Manueles, por ejemplo, o la “Cortijá” como todavía se le llama popularmente.
Aparecen noticias de la existencia de este cortijo desde hace unos 150 años. En esta cortijada llegaron a vivir hasta unas 50 personas, incluyendo algunos pequeños cortijos construidos en los alrededores de la cortijada, seguramente para el cobijo de familias de aparceros. Hoy día observamos dos cortijos habitados en los extremos, uno de ellos rehabilitado y utilizado como alojamiento rural, y las ruinas de otro en la zona central.
Los alrededores de la cortijada, con un aljibe de bóveda de doble puerta (algo poco usual en la zona), una tenada (recinto rectangular de piedra donde se guardaba el ganado) y varias eras, nos dan pistas sobre ese aprovechamiento agropastoril en
el que destacaba el cultivo de cereal (trigo y cebada fundamentalmente); patatas, huerta de autoabastecimiento, legumbres y el aprovechamiento de los recursos vegetales de la zona, el esparto, higos chumbos, aceituna, etc. También disponían de rebaños de cabras y ovejas, cochinos, pollos, pavos, los mulos, para el sustento de la carga del trabajo diario, y la caza.
Como nos han relatado antiguos pobladores, en los cortijos “se vivía bien, no se pasaba hambre porque siempre había algo de lo que tirar, aunque sí algunas necesidades en momentos determinados”. Se conservaban los alimentos y llegaban vendedores ambulantes con los que se hacía trueque de productos: recoveras (mujeres que compraban huevos y gallinas para su posterior reventa ambulante) como la Tía Angelica y vendedores de pescado desde Las Negras.
ESPARTO
Gran parte del territorio del Parque Natural está recubierto de esparto, planta que ha sido uno de los recursos naturales más importantes de esta zona. Con la fibra de esparto se elaboraban sogas, alpargatas, cestos, estropajos y tenía diferentes uso en la construcción y la agricultura.
El esparto ha sido parte importante de la economía de muchos pueblos de España según cuentan antiguos habitantes del valle, se pagaba muy bien, se trataba de una de las pocas actividade que generaba beneficios y empleaba un gran numero de trabajadores durante las campañas de recolección que se llevaban a cabo dos veces al año.
El esparto fue sustituido por el plástico y las fibras sintéticas; su mercado desapareció.

El sistema de los cortijos
Los cortijos explotaban los recursos naturales de una superficie determinada de tierra, adecuada para la susistencia de sus habitantes. Había una distancia media de 2-3 km entre uno y otro.

LA ERA
La era es una superficie circular empedrada, expuesta a los vientos, con un diámetro medio de entre 15 y 20 metros; la encontramos en la parte baja de la cortijada y cercana a las plantaciones de cereal, está interpretada por un panel en el que se nos muestra los trabajos de siega y acopio de la cosecha, las faenas de gavillar (juntar en haces), transportar con mulos o carros, trillar con bueyes, aventar para separar el grano de la paja y almacenar en parvas. Y posteriormente llevar ese grano a moler a los múltiples molinos de viento de la zona. Los más cercanos, en este caso, cerca del pueblo de Fernán Pérez, a pocos kilómetros de donde nos encontramos. No obstante, al visitar la zona, veremos molinos de viento rehabilitados o en ruina por todo el paisaje.
Destacamos la función social de las eras en las cortijadas, ya que eran lugar de reunión y relación familiar, social y sentimental para los no pocos pobladores que llegó a tener esta y otras cortijadas de la zona.
EL ABANDONO DE LOS CORTIJOS
Después de casi 200 años de ocupación continuada de esta zona, de forma casi repentina, los habitantes del valle abandonaron los cortijos entre 1955-1970, mudando prácticamente todas las familias, bien hacia los pueblos de colonización en el “campo de acá”: San Isidro, Campohermoso, Atochares, Pueblo blanco, fundados entre 1949-1959; o bien emigraron a tierras más lejanas, Cataluña y Alemania fundamentalmente.
Posiblemente hubo un conjunto de causas. Algunos de los elementos determinantes del abandono de estas tierras fueron la escasez de agua (en muchos casos, pozos y norias tradicionales se quedaron secas porque la capa freática empezó a bajar a causa de la explotación de los pozos con bombas a motor mucho más profundos) y el progresivo cierre de las minas. Pero también fue un factor determinante la ilusión de poder encontrar condiciones de vida mejores, una manera de vivir más cómoda, más moderna, y acceder a “nuevos lujos” como tener en casa agua corriente, nevera, lavadora, luz y corriente eléctrica, y hasta televisión. Además el mercado del esparto desapareció y, sugún los criterios de la economía moderna, la agricultura de la zona ya no se podía considerar una actividad rentable.
En Campohermoso y demás poblados de nueva colonización se construyeron viviendas y se volvió al complejo agropastoril de cultivo mixto (regadio-secano) con parrales, recolección de almendra, aceituna, higos, miel. El cultivo de frutales sobre todo el naranjo y principalmente maíz, cebada, alfalfa, ajos, patata, habas, tomate, y pimiento. Además de la agricultura intensiva bajo plástico, que es la actividad fundamental de la zona desde las décadas 70 y 80 del siglo XX.
En muchos casos, las familias de los cortijos se trasladaron en bloque a determinadas zonas de los pueblos de colonización, donde construyeron sus nuevas viviendas y nombraron las calles con los nombres de los cortijos de origen. También fue algo normal acoplar a las nuevas viviendas urbanas pequeñas cuadras y gallineros para guardar animales, y traer todos los aperos de labranza y demás utensilios de los cortijos.
Estas familias mudadas a los pueblos de colonización muy cercanos siguieron viniendo a los cortijos a pasar los días festivos o a encuentros familiares y celebraciones; también los arrendaban a pastores y esto ha hecho que algunos de ellos no quedaran en la ruina o sucumbieran al abandono.
Las nuevas generaciones no tienen casi memoria de los orígenes cortijeros de sus padres y abuelos, en muchos casos tampoco conocen los valles donde sus antepasados han desarrollado sus vidas.